Los recreos han cambiado mucho este curso por culpa de Covid y las normas que obliga a adoptar para que el virus no se propague fácilmente en escuelas e institutos (en la universidad ya es más complicado). El alumnado tiene escalonada escrupulosamente la salida diaria al patio para coincidir lo menos posible con otros cursos. Como hay muchos grupos y el espacio es limitado, debe permanecer en el aula la mitad del tiempo, siempre acompañado por un docente, mientras espera sus minutos de aire libre. Se pensará que la clase se convierte entonces en un guirigay insoportable con alaridos de punta a punta, adolescentes bambando entre los pupitres, lanzando avionetas de papel o hablando a gritos mientras engullen el almuerzo. Sin duda sería así si no fuera por el teléfono móvil, objeto que, proscrito en las clases durante el resto del día, pasa a ser el protagonista de este momento de asueto y una especie de inesperado aliado para los profes. El motivo principal es un videojuego llamado “Among us” (Entre nosotros), que se juega en grupo y que evita que el vigilante docente se vuelva loco manteniendo la calma de la muchachada durante este recreo enclaustrado. El juego propone que los jugadores encarnen a la tripulación de una nave espacial que debe cuidar de que todo funcione correctamente; uno o dos de los tripulantes son impostores asesinos que deberán impedirlo asesinando a sus compañeros y tomando el control de la nave. El juego incluye un chat para tomar decisiones conjuntas y librarse de los sospechosos. Les apasiona. Están esperando que suene la música que abre el patio para ponerse a ello entre bocado y bocado. Chicos, chicas, arrojados e introvertidos, buenas y malos estudiantes comparten la pasión por igual. No está nada mal si se mira por este lado, pero a mí me da mucho que pensar sobre los cambios que traen los nuevos tiempos y los acabo compadeciendo.

El juego “Among us” se basa en la traición. El acto de traición tiene muy mala fama, pero a menudo se ha comportado como auténtico motor de la Historia. Sin la traición de los criollos americanos a la metrópoli no existirían países como EE.UU. México o Brasil. ¿Cómo librarse de un dictador sin la traición de algunos de los suyos? También en la mitología, el tema de la traición es recurrente. Adán y Eva tardaron muy poco en traicionar la confianza de Dios; sin la de Prometeo a los dioses la humanidad todavía andaría a oscuras y comiendo carne cruda. Con el tiempo algunas traiciones se comprenden. Si la causa es justa y es necesaria la traición es un deber.

En España, país de tradiciones inquebrantables, la traición es un pecado capital. Curiosamente “tradición” y “traición” nacen en la misma cuna latina: “traditio” (transmisión). La tradición traspasa formas, costumbres, principios entre generaciones; el traidor es quien rompe esa correa de transmisión. Hace ya algún tiempo el jefe de la oposición, Pablo Casado, quiso rescatar un insulto medieval para manchar un poco más la pechera de Pedro Sánchez. Lo llamó “felón”, es decir, traidor. “Felón” me provoca risa. Tiene el regusto rancio de algunas palabras castellanas en desuso con las que nos encontramos visitando los clásicos y además resuena peligrosamente próxima a otra palabra con la que no tiene mucho que ver y que dejaría aún en peor lugar al acusado. Llamarte “felón” en España es meterte en el equipo de Fernando VII, el Borbón que traicionó a su país varias veces y que tanto se ha recordado últimamente después de la “espantá” del emérito. Fue un insulto gravísimo que persiguió a Casado durante algunas entrevistas, como le perseguirá el hecho de haber puesto al frente de la Autonomía con mayor PIB del país a una política mediocre.

La semana pasada el colectivo Libres e Iguales, con Cayetana Álvarez de Toledo (nombre medieval do los haya) a la cabeza, grabó un video donde diferentes personalidades de todos los ámbitos del país expresaban su adhesión al Borbón actual con el tradicional grito de “Viva el Rey”. Como es de suponer la mayoría de quienes se prestaron a ello eran gente conservadora, que uno situaría en la derecha política. El propio Casado con su predecesor M. Rajoy, Arrimadas o Vargas Llosa secundaron la propuesta. Si intentaban reafirmar la corona de Felipe VI puede que acabaran moviéndosela un poco más (hacia la derecha). La identificación casi total de la derecha tradicional con la corona sin duda aleja a esta de otras posiciones políticas o de algunos territorios especialmente sensibles con su autonomía con los que las personalidades como las arriba citadas parecen estar en guerra permanente.

Para monárquicos y republicanos, que en España se identifica exclusivamente con la izquierda (otra vez la p. Guerra Civil, en otros países no es así), es difícil encontrar puntos de encuentro para dialogar sobre asuntos de Estado, como lo es la estructura jerárquica del mismo. Hablar de monarquía o república en España es como defender al Barça o al Madrid, son lealtades inquebrantables cuya traición es la traición a los muertos. Este es el gran problema con el que nos topamos sistemáticamente para discutir lo que realmente le convendría al Estado en casi todos los asuntos, Covid incluido.

Sin embargo, de la misma manera que ocurre con la tradición de las corridas de toros, es posible empezar a pensar que la monarquía en España no soporte el paso del siglo XXI. En ambos casos no va a ser ni mucho menos sencillo. Sin nuevos actos de traición será imposible. Estos serán pequeños, en la privacidad de las familias, o grandes, en los foros públicos. Nada sentaría mejor a la causa republicana que un poco de traición a la corona por parte de la “leal” derecha política, que alguien hablara de posibilidades de república sin ser un “peligroso izquierdista”. UPyD y Ciudadanos, perdieron la oportunidad de hacerlo y ahora en parte pagan las consecuencias. Mientras los políticos de derecha sigan abrazando la monarquía por tradición, de manera incuestionable, porque viene en el mismo paquete que patria y religión (la vieja consigna carlista) el debate sobre monarquía o república seguirá librándose en las trincheras. Desde la izquierda, la traición más revolucionaria que se me ocurre para avanzar hacia el cambio sería aceptar a Felipe VI como el primer Presidente para una III República, claro que sin sucesión dinástica y con auditorías financieras de por medio para que las múltiples y millonarias prebendas que la corona obtuvo de su posición privilegiada volvieran de alguna manera al pueblo. Sería también una manera de amortizar todo lo invertido en su formación. En el debate de la corona eso sería una transición perfecta y lo demás aproximaciones.

Héctor Hugo Navarro

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO