JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA
ESCUELA DE DANZA
“Una Entrada para llorar”

Ahora, en el día que finalizan los sanfermines y sus encierros. Ahora, que los segorbinos y gentes de esta comarca han pasado allí unos días, y que ya regresan a casa después de haber estado dando el callo, dando ejemplo de afición, dejándose ver y notar corriendo junto a los toros en el encierro. Con gusto. Con ganas. Con estilo y clase. Con maneras.

Ahora que, más de un segorbino se ha dejado parte de la piel en aquel rugoso adoquinado y todavía aún le quedan las babas del morro del toro pegadas en la culera del pantalón, y que, gracias a quien proceda, -unos dicen que al “capotillo” de San Fermín-, otros dirán, por supuesto, que al manto de la Virgen de la Cueva Santa, los que dando un capotazo, le han quitado a esos, mis queridos segorbinos, unas posibles y siempre dramáticas heridas por asta de toro y que por lo tanto, han dejando a los sanitarios del encierro el botiquín vacío de tiritas y mercromina. Cosa que me alegra y congratula que todo haya sido, pues eso, una buena “trompá”.

Ahora pues, cuando esta noche toda Pamplona cantará el “Pobre de mí” y alguna lágrima se dejará caer, me viene a la memoria un recuerdo de la infancia donde lloré como un descosido en una Entrada de Toros y Caballos de Segorbe. Les cuento. Les cuento.

Podría tener no más de ocho o nueve años. No recuerdo bien este dato. Tal vez fueran menos. Bien recuerdo que era un crío de rodillas despellejas y pelo alborotado. Que imitaba a Pepito Punter -jinete de época-, como si de un caballo entre las piernas tuviera e imitaba a la perfección los relinchos de su equino. Que por aquel entonces hacía con mis amigos Las Entradas de Toros y Caballos en las Eras del Monte de San Blas. Un crío con su pañuelo al cuello y garrote en mano. Como mandan los cánones. Como manda la tradición. Y bien es cierto, que mi madre, empujando del carrito donde mi hermana se quedaba dormida hasta el estallido de la carcasa, a eso de las dos de la tarde, cada día pues, puntuales y fieles a la cita, íbamos al único sitio donde, en aquellas condiciones de ir con críos pequeños tenía la mujer, para que viéramos La Entrada sin peligro alguno y con cierta tranquilidad. Este sitio privilegiado eran los enormes ventanales del bar “El Torros”. Allí apostados para hacernos ganas. Para meternos en el tema desde bien pequeños. Para mamarlo. Para que la sangre se nos fuera poco a poco alterando y los pelillos fueran aprendiendo a ponerse de punta por ser las dos de la tarde, por el estallido de la carcasa, por ver los toros y los caballos pasar delante de nosotros tuviéramos la edad que tuviéramos. Para eso éramos, somos, y seremos de Segorbe. Que cojones.

Como digo pues, cada día de la semana nos apalancábamos en aquellas ventanas con cierto tiempo de antelación mientras yo, por hacer algo de gasto -no ibas a estar allí por el morrete-, a través de una paja me metía un par de Mirindas entre pecho y espalda y le daba candela a una buena ración de tramuzos que con cierta sorna y malicia, tiraba las “corfas” a los que en la acera de abajo ya se ubicaban para ver La Entrada.

Un día de estos pues, estando allí en primera fila de aquellos abarrotados ventanales, con el sabor de la última Mirinda en los labios y eructando sus efectos, esperaba ansioso el estallido de la carcasa. Mi madre me agarraba de cuando en cuando de la cintura del pantalón impidiendo que sacase el cuerpo más de la cuenta por la ventana intentando ver un poquico más arriba de la calle. Mi hermana también con el pañuelo al cuello y sentada en las rodillas de nuestra madre, sonreía y anhelaba mis Mirindas. A los lados de nuestra redonda mesa de mármol blanco, unos forasteros tomaban posiciones y estiraban el cuello para ver la calle. Yo, con mi garrote, golpeaba impertinente y con ansias los desportillados ladrillos del suelo. Ese ansia y ese sin vivir que desde aquellos años llevo en el cuerpo en esos momentos. En esos instantes previos. En esos minutos inacabables e interminables. Por fin, cuando el campanario desgranó con dos sonoros tañidos que eran, pues eso, las dos, el estruendo de una carcasa en el cielo segorbino anunciaba que comenzaba La Entrada.

La gente abarrotada en la calle, pues como ahora, dando salticos. Yo, me empinaba en el marco del ventanal con el riesgo de irme de morros para abajo. La gente de detrás de nosotros empujaba con el fin de ver algo más y mejor. Mi hermana en uno de los brazos de mi madre mientras que, la pobre, con el otro me agarraba del pantalón y me lo metía por la raja del culo de tanto estirarme para que no cayera. Al momento la gente comenzó a separarse del centro de la calle y pasaron los primeros toros y vacas, arropados con los caballos no sin cierto desbarajuste. Ya saben lo que son las vacas. Y, ya saben lo que eran los caballos por aquellos tiempos. La cuestión es que pasaron como una exhalación, pero pasados unos segundos que parecieron una eternidad, un último caballo bajaba calle abajo a mucha distancia del resto, montado a pelo por un jinete sin silla alguna con vara en mano.

Las gentes de la calle alertadas se apresuraron de nuevo a arrimarse hacia los lados y el caballo entre un costoso trote y medio galope pasó por el medio de la calle en busca de toros, vacas y resto de caballos y caballeros.

Hasta aquí todo bien. O al menos parecía ir todo bien. Y digo parecía porque más de uno le dio a aquel caballo un malintencionado toque en su cuartos traseros con la vara o garrote de turno. Así por la patilla. Porque sí y porque no había estado unido al grupo. Porque hay gente para todo. A mi aquello me entristeció. Los vecinos de mesa que yo tenía comentaban a voces y sin conocimiento de causa alguna, el incidente y despropósito de aquel jinete y de aquel caballo. A mi, ya la sangre me hervía y miraba hacía todos los lados y cada uno soltaba la suya. Unos a favor, los de casa, los de la tierra, los segorbinos. Los otros en contra, descorteses, neófitos del tema y de muy malas maneras.

A los pocos minutos subieron todos los caballos y sus jinetes. Al uso. Saludando y sonriendo a diestro y siniestro. Aplausos. Había sido una buena Entrada. En blanco y negro. Como antes. Pero bonita. Fantástica. Irrepetible. Como todas. Yo empecé de

nuevo a estirar el cuello como un tito en busca del aquel último caballo que no subía ahora tampoco en compañía del resto. Al momento, aquel jinete que bajó descolgado en la carrera, subía ahora a píe calle arriba, desmontado y tirando de las riendas de aquel caballo. Aquel caballo de tiro. De labranza. Aquel caballo que de buena mañana había estado tirando de arado en las huertas de la vega segorbina y que, con el tiempo justo, había dejado el carro cargado en la calle de La Esperanza, desprendiéndose del tiro y sudoroso, su dueño y jinete, a pelo lo montó para bajar con los toros y vacas en “su” Entrada de Toros y Caballos. Ciertas personas lo increparon y yo, como un bendito lloré. Lloré y lloré. Lloré de rabia y de impotencia por aquel caballo y caballero. Por su heroicidad, por su dignidad, por su ilusión y grandeza, mientras la injusticia de aquellos crueles jueces y justicieros que de boquita, le ponían como un zapato. Pero yo, salvo llorar de pena y rabia, yo nada podía hacer.

ESCUELA DE DANZA
De pronto, uno de estos vecinos foráneos de mesa, se abalanzó por el hueco de la ventana con cerveza en mano y le soltó un improperio y comentario tajante y cruel mezclado con una sonora carcajada que, a buen seguro, aquellos dos héroes míos, oyeron impasibles mientras continuaban su trayecto calle Colón arriba sin mirar hacía el dedo y voz acusador, sin girar la cara, con orgullo, con presteza, con segorbinismo. Algunos a pie de calle con garrote en mano dirigirán amenazante miradas y gestos hacía aquel degenerado de la ventana. Yo, de pronto, bajé de la silla en la que estaba subido. Me acerqué con las lágrimas bajándome hasta la pechera hasta aquel tiparraco y con todas mis fuerzas le di un puntapié en toda la espinilla. El infame sujeto se sobresaltó y al sentir el golpe y verme alzó la mano con el fin de darme un poco de la misma medicina. No le dio tiempo. Mi madre, en sus funciones, ya procuró de calentarme el trasero un poco por mi actitud, de la cuál, oigan, me sentí tan orgulloso y satisfecho que se me pasó por completo la chotera de lágrimas que tan tontamente había cogido.

Mientras tanto, aquel jinete, cara en alto, volvía a enganchar el caballo al carro cargado de hortalizas y verduras y partía hacía casa a por el platico de olla para él y una buena ración de pienso para aquel heroico caballo. Aquel, mi caballo desconocido. Aquel, mi jinete desconocido. Aquellos viejos segorbinos que me hicieron llorar en La Entrada. Aquellas lágrimas que jamas olvidaré. Nunca.

Toni Berbís Fenollosa Desde Mi Atalaya InfoPalancia