Última carta de amor de Rafael Sebastián a Paola Rocalli

 Hicieron el amor por vez primera en el piso que Rafael había alquilado en Vía di san Cosimato, junto a la Piazza de santa María in Trastevere.

Lo hicieron muchas otras veces durante aquella cálida primavera de 1937. Los ángeles se habían ido de la vida de Rafael. Y, por primera vez en muchos años; tal vez, por primera vez desde que tenía memoria, era  feliz.

CARTA-L-B-W-2Ella le susurraba dulces palabras que él aprendía casi con devoción de párvulo. Él se desvivía por verla sonreír.

A finales de abril de 1937, mientras la Legión Cóndor devastaba Gernika y ellos devastaban igualmente sus cuerpos en combates menos sangrientos, llegó la carta.

Doña Mercedes estaba enferma. Muy enferma. Rafael debía regresar a España para verla morir en paz. Y enterrarla.

—— Entierra a tus muertos y vuelve.

—— Volveré.

—— Júramelo.

—— Volveré. Te lo juro.

La vida se hizo muy difícil para todos. Rafael encontró dificultades para volver a Roma de una manera inmediata. Incluso , en algún momento supo, que no iba a volver nunca.  Se lo hizo saber a Paola en una hermosa carta que nunca recibió.

 

LA CARTA

 Altura, 5 de diciembre de 1937

Paola:

No voy a regresar. Este país se está desangrando. Y yo tengo miedo. Lo maldigo, pero tengo miedo. Aquí todo el mundo habla con la pistola en el cinto o guarda silencio. Y yo no tengo pistola en el cinto. Tengo miedo. Y para que no me ahogue, de vez en cuando, pienso en aquella mañana en la que nos conocimos, junto a la farmacia de Santa María della Scala. Y te veo llegar, con tus ojos oceánicos y tu sonrisa bulliciosa. Y eso hace que me olvide por momentos de mi vida, que se ha convertido en un infierno. Que me olvide un poco de mi miedo.

A veces, creo que lo más terrible de esta guerra está por llegar; que, cuando se acalle el ruido ensordecedor de las bombas y de las balas, vendrá una larga noche que helará las almas y nos robará el sueño para siempre. Pero mientras llega ese momento, quiero rescatar el recuerdo de aquellos días de finales de abril de 1937, que pasamos bajo las sábanas de nuestro apartamento del Trastevere, devastando nuestros cuerpos, mientras la Legión Cóndor bombardeaba Gernika.

¡En qué mala hora volví a España! ¡Pero, qué podía hacer! Tú misma me lo dijiste: anda, ve, entierra a tus muertos y vuelve. Pero júrame que volverás. Y te lo juré. Y los enterré como Dios manda. Pero ahora no puedo regresar. Vienen en mitad de la noche, sólo por meterme el miedo en el cuerpo. Me amenazan. Les gusta ver cómo me desmadejo cuando me ponen la pistola en los pulsos. Y cuando se cansan de verme tiritando de frío — porque el miedo da frío — se van entre risas y blasfemias. Pero presiento que una noche vendrán para subirme a una camioneta renqueante y pegarme tres tiros en el camino de las moreras, junto a la tapia del cementerio. Por eso, te escribo esta carta. La última. Ridícula, dicen, como todas las cartas de amor. No quisiera que vinieran antes de haber sido capaz de reunir unas cuantas palabras para escapar del olvido, para evocar aquellas tardes en que fuimos felices por unas horas. La causa general de una guerra no suele contabilizar como víctimas a los amantes separados. No hay escrutinio de este tipo de derrotas. Por eso he de ser capaz de poner palabras al dolor de no tenerte, al dolor de saber que te he perdido para siempre.CARTA-L-B-W
Déjame recordarte como eras aquel domingo, en una pequeña plaza al otro lado del Tíber. Moviéndote entre las mesas bulliciosas, con tu sonrisa llena de pájaros y otros vuelos. Yo venía de un largo viaje de silencios y quimeras, atorado, sin palabras, confuso. Y en tu mirada encontré certidumbres o las perdí para siempre. Qué más da ya eso ahora. Poco a poco, mi cabeza, llena de ángeles y de olor a incienso, fue llenándose de tu voz. Me gustaba escucharte. Hablabas atropelladamente, robándome las palabras de la boca, contándome los platos suculentos que te preparaba tu abuela en Siracusa, los bailes tan alegres de las tardes de fiesta. Y del mar. Te gustaba tanto hablarme de tu mar. Y, cuando agotada, te dejabas caer de espaldas en la cama y suspirabas con fuerza, me gustaba ponerme encima de ti y mirarte. Y comerte con los ojos. Y beber de tu mirada de agua fresca. Ibas a ser mi mujer. ¿Recuerdas cómo me lo dijiste? En el silencio sagrado que sigue a la locura de los cuerpos me lo dijiste con lágrimas en los ojos. Quiero ser tu mujer. ¡Oh, Dios, qué gozo en mi alma!

Pero estos generales zarrapastrosos, que quieren salvar el mundo y no saben ni cambiarse de calzoncillos, lo han echado todo a perder. Han llenado las cunetas de muertos, de viudas, de huérfanos como yo. Han roto miradas, besos, abrazos; han quemado poemas, discursos, manifiestos del alma; han segado la luz, el trigo, la paz. Pero, sobre todo, nos han condenado a días de plomo, sin esperanza.
No nos volveremos a ver. No tiene sentido que sigas esperándome en ese piso de Vía di san Cosimato, donde fuimos tan felices en la primavera. El destino se ha ensañado con nosotros. ¡Malditas guerras, malditos los que las empiezan y luego no saben cómo acabarlas!
Sal a la calle. Estás llena de vida. Sé que encontrarás el amor que esta maldita guerra no me ha dejado darte. Y desde donde esté, sonreiré cuando mis ojos se crucen con tus ojos oceánicos.
Tuyo.

Rafael

Útima carta de amor

José M. López Blay.