Hoy se cumple una semana desde que me pincharon la AstraZeneca. Como veo que la curiosidad es máxima entre mis allegados, me he decidido a compartir la experiencia. Lo primero que debo reconocer es que el dispositivo montado para la ocasión, si obviamos el aplazamiento previo, funcionó como un reloj: buena organización, rapidez y profesionalidad. Un enfermero sosegado y simpático fue el encargado de ponerme la banderilla, culminando el proceso que había preparado el Gobierno de la Comunitat para inmunizar a miles de docentes. Durante las primeras horas solo noté la huella de la aguja sobre mi brazo, pero al día siguiente me levanté con un malestar general que me transportó a lejanas resacas de domingos a. C. (antes del Covid). Naturalmente, lo primero que se me ocurrió pensar fue que había cometido el error de mi vida, que además ya sería irreversible. Si después del pinchazo me encontraba con las mermadas fuerzas de un náufrago cuando antes de ella me hallaba primaveral y pletórico, para qué me había tenido yo que vacunar. Por supuesto, cualquier señal que enviara el cuerpo durante esas horas críticas tendía a ser interpretada por mi cerebro como un amenazante trombo en formación. Al día siguiente me levanté nuevo y con ganas de recuperar el tiempo perdido. Ya dije que fue como una resaca.

Luego me enteré de que la Astrazeneca contenía adenovirus, el tipo de virus que transmite los resfriados a los chimpancés, pero que es inocuo para los humanos. Si no lo he entendido mal, la estrategia de la vacuna AstraZeneca es preparar a nuestro organismo para la llegada de Covid, ensayando su capacidad de respuesta con el virus que hace estornudar a los monos. O algo así. Si atendemos a todo lo que se ha dicho sobre la modalidad de vacuna de esta farmacéutica lo de los chimpancés ya ni siquiera sorprende. Recordemos que la vacunación se paralizó en algunos países europeos porque su uso se relacionó con trombosis en pacientes recién vacunados. El porcentaje era muy bajo, unas pocas decenas entre millones (no especialmente anormal en campañas similares), pero la duda y la desconfianza fue sembrada por prensa y redes sociales y los gobiernos, que llevan un año dando palos de ciego, recularon hasta aplazar las vacunaciones o revisar los rangos de edad de los receptores. Se dijo también que Astrazéneca estaba sufriendo una campaña de desprestigio a manos de grupos de presión con intereses en otras vacunas de la competencia. Al parecer la farmacéutica británico-sueca había dinamitado el mercado con precios demasiado asequibles y con ciertos principios éticos que sus competidoras no estaban dispuestas a secundar, ni siquiera a permitir. En mitad de desmentidos y confirmaciones, las campañas masivas eran suspendidas de manera abrupta, quedando como testimonios de tal imprevisión los videos que el propio personal sanitario grababa y difundía para escarnio de sus jefes. En uno de ellos, que probablemente conozcan, un médico avanzaba a través del pasillo de un hospital de campaña parando el vuelo de las jeringuillas cargadas de anís del mono.

RODOLFO Y VENTURA
JOYERIA ROYO

Dos semanas y un par de reuniones después, no había problema ninguno y por fin llegó mi turno. Confieso que durante ese tiempo incierto no fui capaz de formarme una idea clara sobre ello. ¿Qué puede pensar un ciudadano medio sobre un asunto como este ante tanta información contradictoria? ¿Es necesario vacunarse? ¿Debe ser obligatorio? ¿Es peligroso? ¿Es AstraZeneca más peligrosa que el resto? ¿Tiene Séneca y la filosofía del estoicismo algo que ver en todo esto? ¿Está sufriendo la farmacéutica una campaña de desprestigio? Cómo vamos a saberlo. Lo único que tenía claro es que el funcionario tiene ciertas servidumbres que contrae en el mismo momento de ser nombrado, así que, me resigné a poner el brazo y contestar al picotazo con una sonrisa.

La anécdota de lo que está ocurriendo con las vacunas pone de nuevo sobre la mesa un problema de nuestro tiempo como es la sobreinformación. La enorme masa de opinión a la que debemos enfrentarnos día a día. El gran Sánchez Ferlosio decía de los periódicos que eran la peste de nuestro tiempo. No le cabía en su aventajada cabeza que un artefacto destinado a contar las noticias más importantes tuviera siempre el mismo número de páginas, lo que interpretaba como que era el continente y no el contenido lo que se privilegiaba. Las redes sociales y los falsos periodistas no han hecho sino agravar el problema con su vorágine habitual de noticias prescindibles, redundantes, tremendistas y descaradamente falsas en ocasiones; y los políticos, lejos de tratar de poner orden y calmar su influjo, lo avivan permanentemente porque no renuncian a pescar en ese río revuelto. No hace mucho, en una época crítica como la actual, se dejó que los payasos vocingleros se pusieran al volante. Europa (y ahora EE.UU. también) ya sabe que ese viaje nunca acaba bien. Solo hace falta recordarlo leyendo más Historia, más Literatura.

Héctor Hugo Navarro – Foto:G,V.