“VITOLA DE COLILLA”

Si tan solo les digo que se llamaba José Luis Garnes Marín se me van a quedar con la cara de pasta de boniato.  De la misma manera que si me hubieran preguntado en algún momento por él.   Y también se preguntarán, la mayoría, quién podría ser.   Pero si se centran en el enunciado de este mismo relato y le dan un poco al coco sabrán de inmediato a quién me refiero.  Hay que estudiar poco.   Es decir, si les digo que le decían “Colilla el Pintor”, todo el mundo, todo Segorbe sabe quién era y lo que llegó a ser.  Por eso mismo, ya tenía yo muchas ganas de darle a las teclas para hablarles del sujeto en cuestión. Aunque un poco tarde para mi gusto.

Siempre he sido de los que han pensado, y muchos son los que comparten opinión que, los homenajes se hacen en vida.  Que las medallas a título póstumo no dejan de ser un poco más de peso en un ataúd que con gran duelo se aleja hacía un lejano olvido.  Que las estatuas, los monumentos, las rotulaciones de calles, edificios, estadios deportivos o lo que sea, se les ha de adjudicar estando el merecido personaje vivo y coleando y, luego, si eso, pues como que ya te puedes morir.  Tranquilo, orgulloso y satisfecho de que alguien te ha metido en la pechera una medalla por ese algo que en el transcurso de tú vida te has dignado con el corazón a llevar a cabo.  Que te lo has currado.  Aún sin tú siquiera saberlo ni buscado.  Tan solo por ser así.  O ser como eres.   Y aquí, en este nuestro pueblo, en este nuestro Segorbe, en esta magnánima comarca tenemos unos cuantos y, teníamos más que ya se nos han marchado. Con o sin medalla.

He de serles sincero cuando les digo que este personaje se me escapo por poco (+ 27/11/2017).  Y miren que le tenía ganas.  Muchas.  No obstante, circunstancias como quizá el poco trato que particularmente tenía con él, digamos un hola, buenos días, adiós, hace mareta y poco más, hizo tras su adiós, que lo pusiera en la cola de aquellos que, mediante unas letras les brindo a modo de pequeño homenaje.  Un recuerdo.  Unas afables líneas salidas desde el corazón y desde el alma.  De no salir de ahí, estas ahora den por hecho que no las leerían. 

Siguiendo con la tónica de serles sincero les comentaré qué, en aquella época cuando me despuntaban una fila de pelos bajo la nariz y la cara parecía una paella de granos, acompañado por cuatro desalmados con las mismas directrices que las mías, con menos faena que un “ajadón” con el precio aún puesto y con más guasa que carne, nos pasamos el día riéndonos hasta de nuestra sombra.   Si no, ya me contarán ustedes a que fin íbamos adrede a ver la ofrenda de la Virgen de la Cueva Santa tan solo por el hecho de ver a este hombre, a Colilla vestido de segorbino y partirnos el pecho de risa al ver los clásicos calcetines blancos hasta la rodilla, ese pañuelo en la frente, con esa faja en la cintura y el chalequico todo planchado.   Pero el tema en cuestión, y ahora, a estas mis edades he de reconocer que era, junto al también desaparecido y cuñado Alejo, los únicos con un par entre las piernas que se vestían en aquellos años para la ofrenda.  Los únicos. Hoy por hoy, este hecho, esto del vestirse de segorbino, de participar en la ofrenda es todo un honor.  Un orgullo.  Para aquellos mocosos con pocas faenas eran motivo de risas.  Eran tiempos convulsos para jóvenes de la época.  Aquellos calcetines… Recristo.

JOYERIA ROYO
RODOLFO Y VENTURA

Las cualidades de este gran hombre, no de tamaño, pero sí de corazón, llegaban mucho más allá que de poner los ramos de flores el día de la ofrenda bajo su regazo y de vestirse de segorbino.  Unas cualidades que compaginaba con una gran mujer como lo fue nuestra querida Manolita Belis.  Una mujer que, miren lo que son las cosas formaban ambos parte del coro de la catedral segorbina en el periodo de 1972 al 1985, siendo la propia Manolita Belis quien le presentó a su futura mujer Pilar Devesa.  Que cosas.

No hace falta rascar mucho ni indagar, ni preguntar para saber que nuestro José Luis, nuestro “Colilla”, fue miembro de la comisión de fiestas durante veinte años.  Que fue vestidor de la Virgen en la ofrenda, como ya he comentado, junto a su cuñado Alejo Elbar Rodriguez durante años. Y que, durante años vestía, montaba y arreglaba aquellos antiguos y queridos Gigantes segorbinos y que reformó junto a su hijo Sebas y del carismático y querido sobrino Jesús Zafón.  Otros dos que darán que dan y darán que hablar. Ya verán.

Nuestro personaje organizó las famosas batallas de flores y por supuesto las cabalgatas de los Reyes Magos donde, siempre, siempre salía del bueno de Rey Baltasar.  No podía ser de otra manera.

Corría el año 1987 y no salió comisión de toros por lo que él, junto a la comisión de fiestas tomaron las riendas del asunto y se quedaron con dicha comisión para ese año. Aunque no me lo veo tirando del manso por el Riale. Ahora, sus hijos fijo.  Poco se parecen a su padre en estos menesteres taurinos. 

Narrar y describir todas y cada una de las facetas y cualidades de este gran hombre requerirían de varios folios, cuanto menos se podría escribir un libro.  Como el tema es resaltar alguna de estas virtudes les comentaré que fue miembro del grupo de Jotas de Segorbe en la década de los 70, acompañado, claro está, con Manolita Belis y Lola la Cuetera como máximos exponentes.   Así mismo fue colaborador indispensable y necesario en en la pintura y dibujo floral de los tapices del Corpus en la Plaza de las Monjas, en la calle de San Antonio y en la plaza del Almudín. De esto último ahora les contaré.

Formó parte como miembro de la Adoración Nocturna cuyos integrantes, por aquella época, llevaban el palio en el día del Corpus. La cosa esta, le llevó treinta años.  Un suspiro. 

Siguiendo con su particular curriculum indicar que fue miembro fundador de la Peña del Guitón en 1977.  Miembro de la Cofradía del Santísimo Cristo de San Marcelo, siendo esta una de sus grandes pasiones desde prácticamente su más tierna juventud.   Así mismo fue vicesecretario y miembro de la Junta Diocesana, lo que le venía al pelo para ser el montador de los monumentos en la catedral segorbina y las parroquias en la semana santa.  Así como el montaje de las “andas” de su cofradía y de la “Mañanica Pascua”.  Siendo en el resto de fiestas quien, junto a las inseparables Pilar Devesa, Manolita Martín y Manolita Belis quienes se encargaban del montaje de “andas” y demás adornos florales y decorativos.

Metidos ya en líos, formaba parte de la Asociación de Doncellas Segorbinas de la Virgen de la Cueva Santa.   De la de San Cristobal y los choferes.   Del Sindicato de riegos con la Virgen de la Esperanza.   De la de los Romeros de la Cueva Santa.   De la Sociedad Musical y Santa Cecilia.   De la asociación de belenistas y que, participaba en el montaje del Belén y las cruces de Mayo, mano a mano con Toni Tortajada y vecinos.

Seguir con su trayectoria sería harto costoso y aquí ya me quedo corto y no quiero alargarme pues, de lo que me gustaría hablarles de él es como la persona que era y fue.  De su sencillez.  De su cariño y de su saber estar.  Del amor hacia su gente y hacia su pueblo.  A sus amigos.  A su familia.  A ese amor por la fiesta, la tradición y las costumbres e historia que engrandecen a un pueblo como lo fue y lo es el suyo. Su Segorbe.

Así que, estas letras son mi homenaje. Mi sencillo y cariñoso cálido abrazo a un pequeño gran hombre. A mi ruego y perdón por aquellas estúpidas risas de adolescente por unos calcetines que, a buen seguro este año yo mismo luciré en la ofrenda a la Virgen.   A esa conversación interrogatoria e impertinente que nunca tuve con él y que se me clava como una espina.   A esa inoportuna prudencia de dirigirme cara a cara con él y sonsacarle toda esa sabiduría y maneras de un integro segorbino volcado por y para la fiesta y tradiciones segorbinas. 

A modo de despedida, les contaré que poco antes de que nos diera su adiós, nacía el verano con la llegada del Corpus.  Yo iba tirando de cámara al hombro y los Gigantes y Cabezudos corrían calle arriba y calle abajo.   Me metí por calles y plazas en busca de inmortalizar un año más a mis queridos gigantones de cartón.   Al llegar a la calle de San Antón estaba la ofrenda floral que año tras año espera el paso de la custodia, del obispo y de los gigantes y cabezudos.  Sentado en una silla estaba José Luis.   Su presencia hizo que me estremeciera.  Vestía con sus mejores galas.  Traje, camisa blanca y pajarita.  Un crucifico de su querida cofradía de San Marcelo culminaba su atuendo.  La seriedad y solemnidad que recibía el acto en cuestión era digno de admirar.  El que más y el que menos íbamos en bermudas y ahí estaba él, omnipresente.  Un señor.  Un marques.  Todo un ejemplo de su saber estar por el momento y porque la ocasión así lo requería. Así debería de ser. Allí estaba él.

Le tiré una foto. Así, sin avisar.  Sin pedir permiso.  Me lo quería llevar para mí sólo.  Quería tenerlo para siempre.   Quizá para estas letras.  Quizá para que la muerte no tenga la última palabra.  Quizá para demostrar que ciertas “Colillas” llevan una gran vitola. 

Texto y Foto: Toni Berbís Fenollosa

Fotos: Familia Garnes Devesa.