Manual de Inquisidores o cómo convertirte fácilmente en consultor sobre posesiones demoníacas sin pagar los 6000 euros que cuesta el máster por la gracia de Wert.

Wertheimer

CAPÍTULO I

Wertheimer, el demonio que malogra

De entre las posesiones inventariadas, tal vez, sea la del demonio Wertheimer la más letal y resistente al exorcismo. Cuenta Jacobo de la Vorágine en su Leyenda Áurea que Wertheimer era un querubín que, incapaz de asumir su mediocridad frente a su compañero, Glenn Gould, el virtuoso del clavicordio y elegido por Dios para animar sus tardes de ocio, optó por el suicidio, convirtiéndose así en el ángel malogrado, condenado a la mortificación eterna en las entrañas del Infierno.

Es infrecuente que abandone sus estancias en el averno y salga a la búsqueda de víctimas, escogidas con frecuencia entre hombres de sensibilidad poco contenida o fragilidad de carácter.

Una tristeza inexplicable se va adueñando del poseído, poniendo en su boca palabras terribles: “Nacer es una infelicidad”, “Si no naces con talento, todo esfuerzo es inútil: nunca llegarás a serlo”. Y un buen ramillete de ellas, todas a cuál más corrosiva. Confunde sus sentidos: hace que beba como veneno lo que es licor suave; que olvide el provecho, que ame el daño; que crea que el discreto territorio de cielo que se le otorga es amplio infierno; hace que confunda valor y precio; que vaya al norte queriendo viajar al sur; que la vida sea un terrible sinvivir. Un infierno.
No haya consuelo en las palabras del amigo. Aún más, hace que reniegue de sus amigos; que ría de sus lágrimas, que llore por sus alegrías. Que todo se descuadre y desajuste. Ése es el poder de Wertheimer, el malogrado.

¿Qué podemos hacer – ¡Dios no lo quiera ¡ – si somos escogidos para su demoníaca posesión?
Si para Procusto recomendé la lectura; para Wertheimer, paradójicamente, he de acudir a recomendar la purga de libros. Si tenéis por casa libros de Thomas Bernhard o cualquier escritora o escritor austríacos, quemadlos en una hoguera en mitad de la plaza de la Iglesia. Arden mejor las suecas, pero los austríacos tampoco ofrecen mucha resistencia.
Y cuando se apague el último rescoldo, llamáis a un amigo o amiga y refociláis por las eras y veréis dónde carajo se va Wertheimer. ¡ Mano de santo, oye! ¡ Bueno, o de santa….! ¡ No seamos tiquismiquis!

Oye, y si Wertheimer sigue erre que erre, pues eso que llevas delante.

Wertheimer, el demonio que malogra

José Manuel López Blay.