… Y EL OLMO CRECIÓ

Año 1778. En un lugar del sur de la provincia de Teruel.

Llovía intensamente. Los torrentes cruzaban el camino de tierra que comunicaba el pueblo con el caserío con sus trenzas líquidas. Formaban un ciclo de  saltos de agua de color achocolatado. Los truenos retumbaban bajo la bóveda celeste. Las nubes componían  un celaje gris oscuro, eléctrico, chispeante. Las aguas corrían de un lugar a otro, arrastrando jirones de tierra y piedras, volcando hierbas.

-Cierra la ventana, Antonio, ordenó su padre.

Antonio, tras cerrar la ventana, se sentó en el borde de la cama, donde descansaba su padre.

-Es terrible lo que me pasa, Antonio. No sé el tiempo que viviré, pero quiero contarte una cosa, que tiene gran significado para mí. Mira, al lado de la corraliza de la tía Adriana planté el otro día un olmo. Tiene una altura de un metro. Quiero que lo cuides, que lo mimes, que lo ames. ¿Por qué te digo esto, verdad?

-Sí, padre, me tiene intrigado.

-Te lo cuento. Sabes que el negocio nos ha ido muy bien. Tenemos tierras y ganado, una gran finca. Pero no quiero vivir aquí, en la aldea. Quiero que nuestras generaciones vivan en una gran masía, aisladas, rodeadas de la naturaleza. La corraliza de la tía Adriana es un buen lugar. Por eso he escogido un trozo de terreno para plantar el olmo. Será el símbolo de nuestras familias.

Antonio se quedó pensativo, dudaba de cambiar de vida. En el pueblo vivían bien.

-Sí, pero quiero que mi familia prospere, que aumente el negocio. El olmo nos hará crecer, al mismo tiempo que crezca él. Tenemos suficientes tierras para extender nuestro trabajo.

-¿Padre, qué tengo que hacer?

-Cuando me muera toda la herencia pasará a ti. Y cuando el olmo se vaya desarrollando, empieza a construir la masía. Quiero que sea una masía que no le falte de nada. El olmo será el faro de la contornada, donde jugarán mis nietos y serán los que sigan cuidando su olmo.

Y así fue. Antonio, tras morir su padre, empezó a construir la masía. El olmo ocupaba  el centro de una plaza, donde se iba a desarrollar la vida de la masía. Tendría planta baja y piso. Su superficie rebasaría los 500 m2, provista de  grandes salas, bodegas, solanar, corrales… Pasaron dos años y se terminó de construir.

Empezaba un nuevo siglo. La masía fue ocupada por los franceses en la guerra de la Independencia. En 1814 la recuperó Antonio. Él y su familia vivieron también los acontecimientos de las guerras carlistas. Y, asimismo, sus descendientes el nacimiento de un nuevo siglo.

-Ismael, que grande se ha hecho nuestro olmo. Si lo viera nuestro bisabuelo Antonio.

Año 2014. Juan hacia excursionismo a menudo. Y preparaba una tesis  sobre la calidad ambiental en el territorio, con todos sus contextos de ruralidad, demografía y percepciones sociales. Le acompañaban sus amigas Teresa y Elvira.

-Por la masía -explicaba- pasaron varias generaciones. Pero el último propietario la vendió a unos extranjeros. Vino la guerra civil y la finca quedó muy maltrecha y abandonada.

-Debió ser una masía importante. Pero creo que nada se puede recuperar. Se supone que vivieron felices sus antepasados.

-Mira Juan, que tronco más grande. ¿Es un chopo?

-No, su forma es más de un  olmo. Debió ser un árbol muy corpulento, vamos el tótem de esta finca. Lástima de árbol, abatido por la enfermedad de la grafiosis. Debió de vivir más de 200 años… Fue cobijo de ruiseñores, de juegos de niños, de amores,  de vidas duras y florecientes, de fiestas…

 ¿Quién lo plantaría?

Y el olmo creció

Luis Gispert